Yo nací para esto. Para ver la vida circular imparable por mis venas. Para escuchar cantos y risas. Para abrazar las esperanzas de niños y padres. Para convertirme en un sueño colectivo de primaveras recién estrenadas. Veo las margaritas brotar cada vez más cerca, veo a los despistados vagar entre el polvo y el ronroneo de la autopista. Estoy en los huesos pero mi esqueleto es hermoso.
Soy hermosa porque me imaginaron así. Porque sé que un día vendrán todos los que buscaron mi perfil emergiendo de la tierra reseca. Sí, ellos vendrán. Y traerán todo lo que me prometieron. Agua para regar mis jardines. Luces para iluminar mis días y mis noches. Restaurantes y fruterías para perfumar mis huecos y mis curvas. Pelotas para jugar con mis muros. Personas, charlas, juegos. Ellos lo dijeron cuando me imaginaron: “Seseña es el futuro”.
Entre las actividades que han surgido recientemente para huir del tedio de la propia existencia, una de las más curiosas es la llamada “maleta sorpresa”.
La actividad en sí consiste en hacer una maleta con las cosas que no te gustan de tu vida. Pero no se trata de meter en ella la lámpara horrible que una vez te regalaron.
– Vamos a comenzar su evaluación. ¿Está preparado?
– Claro.
– Bien, lo que quiero que haga en esta primera prueba es muy sencillo. Yo le muestro una tarjeta y usted me dice de qué color es.
– Parece fácil.
– No funcionará – dijo el hombre.
– Funcionará, siempre lo hace – respondió el viejo.
– No lo entiendo, tienen que darse cuenta, tienen que ser conscientes de lo que pasa.
– Quizás no lo hayan pensado nunca, quizás no se quieran dar cuenta, quizás ni siquiera les importa – el viejo hablaba sin poner excesivo énfasis en sus palabras, acostumbrado a que todos las creyeran.
- Tiene usted más razón que un santo – dijo, mirándome fijamente. Incluso percibí un leve ademán de levantar el dedo índice para dar aún más énfasis a su afirmación.
Inevitablemente, empecé a pensar en los santos. ¿Cómo que más razón que un canonizado? ¿Desde cuándo los santos se caracterizan especialmente por la razón? Entiendo que la frase procede de nuestra tradición cristiana y puedo llegar a imaginarme que el individuo que acababa de soltármela era un convencido creyente, pero… ¿razón?
Una empresa anuncia un revolucionario método para aprender inglés de forma rápida y sin esfuerzo: El inglés con 1.000 palabras. Aseguran que esas 1.000 palabras son las más usadas en dicho idioma y, por tanto, permiten comunicarse razonablemente bien en la mayoría de situaciones. Nada que objetar.
- ¿Alguna vez se ha puesto en la piel de una de sus víctimas?
- Siempre. No me mire así; siempre me pongo en su piel pero seguramente no como usted se imagina. No del modo sensible que andan diciendo los psicólogos: experimentando sus sensaciones, haciéndolas mías y todo eso. Disculpe mi crudeza pero no me lo puedo permitir. Yo soy el secuestrador y tengo que estar pendiente de demasiadas cosas que pueden salir mal. Y si me meto en su cabeza es para imaginarme qué está pensando, si me está intentando engañar, si tiene algún plan para escaparse. Porque siempre que puedas anticiparte, estarás evitando un problema.
- Entonces, ¿cuál es la clave del éxito de un secuestro?
- El miedo. Por encima de todo y casi en exclusiva. Mucho más que la planificación y toda esa parafernalia de las películas. El miedo es lo único que garantiza que el asunto terminará bien.
Hay una escena en la película El Pianista que pone a cada uno en su sitio. El protagonista, un pianista judío recién salido de un campo de concentración, vaga por una ciudad semidestruida entre el imparable avance del ejército ruso y la desordenada retirada de los alemanes. Pero si algo les preocupa a los nazis en su desbandada hacia Berlín es aniquilar a todos los judíos que encuentren por el camino. El pianista debería esconderse pero no tiene elección, está hambriento, famélico más bien. Así, recorre las calles en busca de algo para comer.
El hombrecillo se mueve por el lineal de las conservas como un conejo ante una exposición de zanahorias. Toma una lata de albóndigas Maxwell, le da la vuelta, la mira por debajo y la devuelve a su sitio. Toma otra, mira de nuevo pero tampoco encuentra lo que busca. Cambia de táctica. Ahora gira todas las latas. Acerca su cara de roedor con gafas para fijarse en los códigos de barras. Uno de los envases llama su atención. Nervioso, deshace la esmerada presentación de los productos del supermercado para sacar la única lata que parece haberle gustado, en la base de la balda.